Thursday, February 24, 2005

Cuento de Tarea...

“Y una vez que sus manos rodearon los pechos grandes como calabazas, pequeñas semillas de dolor comenzaron a salir como balas de sus pezones...” y resaltando en esa ultima frase, el profesor dejó escapar una ligera y burlona risita.

Miguel tenía algo de bueno. Por definición, el patán logra conseguir su cometido sólo si tiene algo, un carisma, una sonrisa, un par de ojos o una chequera que lo hace atractivo, que lo disfraza, que le da las herramientas para hacer creíbles las más absurdas mentiras. Pero un patán nunca es solitario. Necesita un complemento, la niña risueña o interesada, frívola o desesperada por complacer que a veces olvida que en el proceso sacrifica hasta su propia satisfacción. Cree ciegamente en el 1 por ciento de probabilidades de que lo que el patán dice sea cierto y se aferra a llevarle la contraria a la razón, si es que para entonces la razón existe. Así era Juliana.

Durante casi tres meses Miguel no dirigió una sola mirada a Juliana, y no porque esta fuera fea, pero los lentes y la ropa anticuada no lo ayudaban mucho. Miguel en cambio tenía los componentes más peligrosos de un patán en potencia, ojos verdes claros una sonrisa de anuncio y un cuerpo que a muchas las hacía pensar de más.

En alguna ocasión, antes de un examen, Miguel llamó a su amigo Pedro cerca de las 10 de la noche, no se nada, cabrón, ¿tu ya estudiaste guey? Pues más o menos, estoy con Juliana y Laura, me están explicando. ¿Quienes son esas viejas? No mames, Mike, Laura es una chaparrita de pelo negro y Juliana es la amiga de Rodrigo, ya sabes la de lentes? Ni puta idea pero bueno, no seas mamón y déjame sentarme entre ustedes, plis guey, y te juro que el viernes te picho un pomo.

Al día siguiente Miguel llegó al salón 15 minutos antes del examen, y 5 antes ya tenía resuelta su ubicación: la banca entre Juliana y Laura.

A partir de ese día las saludaba de vez en cuando pero sobretodo en las semanas de exámenes, incluso alguna vez propuso su casa para juntarse a estudiar, con toda la intención de cancelarles 1 hr. con algún pretexto para irse con sus amigos, o simplemente no tener que soportar a esa bola de nerds en su sala más de 30 minutos.

Al rededor de la mitad del semestre Pedro organizó una fiesta en su casa, e invitó a casi toda la generación. Juliana decidió arreglarse un poco. Miguel bebió de más. De pronto él se fijó en ella, cuando pasó caminado y mecánicamente volteó a verle el culo. Después se las arregló para interceptarla cerca de la barra, y con una falsísima sonrisa la invitó a brindar por Pedro, que al ver las intenciones de su amigo, hizo una mueca extraña y cerró con fuerza los ojos. Juliana aceptó un par de shots de tequila y pronto dejó la pena detrás, y riendo se veía mucho más guapa. Miguel la invitó a bailar, y después de un par de vueltas empezó el oye por que nunca sales con nosotros, bombón, dame tu teléfono para que jales el sábado, vamos a salir con unos cuates que te van a caer muy bien- no se-, bueno ahorita estamos aquí, no? Y en seguida el beso inesperado que nunca falla. Pedro desde la barra veía la escena entre la demás gente, concentrado y silencioso. Hasta que de pronto desaparecieron de la sala, donde se había improvisado la pista de baile.

La semana siguiente Juliana no recibió ninguna llamada, hasta que un día saliendo de una clase, Miguel se acercó. Creo que tenemos que hablar, en realidad lo que pasó en casa de Pedro estuvo bien, pero yo, en este momento... y no quiero generarte falsas expectativas, y menos con lo todo lo que está pasando en mi casa... y mientras Miguel continuaba con un monologo perfectamente preestablecido, Juliana no podía dejar de pensar en ciertas escenas, en las manos que ahora articulaban desgracias justificatorias. En la boca, que podía o no decir la verdad pero no importaba mucho. En fin, quería dejarlo claro, porque me caes increíble y no quiero que esto afecte nuestra amistad...
Sanseacabó. Todo resuelto al menos en un 50%. La normalidad de un lado y la incertidumbre de otro.

Nunca me contaste lo que pasó el otro día en mi casa, guey, con Juliana. No mames, se puso loca, cabrón, nos subimos al cuarto de tus jefes, ya sabes en pleno faje, y no dejaba de decirme mamadas, que le fascinaba, que por favor le desabrochara el bra, y puta, yo como antorcha... En serio? No parece así. No guey! Eso fue lo que más me prendió, la pinche nerd revelada, de caca traía condones, pero no me acuerdo bien que pedo porque también estaba hasta mi madre. Y que pedo, no te late? No mames, estuvo cagado pero hasta ahí... digo a lo mejor si se vuelve a armar después chingón, pero invitarla a salir ni madres.

Guey! Es evidente que el guey jugó contigo y ya. Tú de pendeja que te dejaste. Ya se, pero no sabes como se me subió el tequila... Bueno, la neta es que no estaba tan peda... ¿cómo?... pues no, la verdad es que Miguel me gusta muchísimo, y bueno, ya sabes, empezó con el chorote, que le gustaba, que me iba a invitar a salir y después la verdad es que me ganó la calentura, pero estaba conciente de lo que estaba haciendo. Mira, a mi no me haces pendeja, te conozco desde que íbamos juntas en prepa, y te cagaba seguir siendo virgen a los 21, ya la cagaste lo suficiente, ahora no te vayas a clavar con ese cabrón.

Alguien escribió que cualquier imbecil puede herir a una mujer, pero sólo un hombre grande puede llevársela para siempre. En esta historia Miguel no era un hombre grande, ni mucho menos pretendía llevarse a Juliana para siempre, pero eso no eliminaba la primera parte de la frase. Y es cierto que para herir a una mujer es necesario un imbecil, pero sobretodo una imbecil que le permita lograrlo, pues difícilmente se logra lastimar al primer intento.

Para Miguel los días cercanos a los exámenes eran buen pretexto para “revivir momentos” y subir el promedio, mientras que para Juliana, estudiar era apenas un agobio, comparado con la distancia de las semanas después de los exámenes. Tan evidente que le era imposible verlo. Tan descarado que le fascinaba más.
Pedro se volvió el jamón del sándwich. Por un lado escuchaba la incertidumbre femenina de estar a punto de saberse utilizada (cuando evidentemente lo era) y por otro lado las grotescas descripciones de una relación donde lo que sucedía, por un lado, era resumido con palabras como confusión, inquietud e ingenuidad, y por otro con palabras como tetas, culo y orgasmo.

El circulo indiferencia-amabilidad-coqueteo-aprobado se cumplió puntualmente tres veces antes de las pruebas finales. Para la clase de expresión escrita, la asignatura final era entregar un guión. Miguel, difícilmente podía escribir tres líneas antes de que se le secara el cerebro de inspiración, y en un lugar y momento estratégico (su cama después de una mediana sesión), le pidió a Juliana que lo ayudara en eso ( como en todo lo demás) pues si reprobaba esa materia, su Papá podía correrlo de su casa, como lo había hecho con su Mamá, algo que hasta la fecha lo afectaba profundamente, y no quería...bla bla. Claro, no preocupes, yo te lo hago. Mil gracias, eres una princesa. Dos sonrisas antagónicas, aquella que sabe lo incorrecto, lo estúpido, lo doloroso al orgullo que es saberse objeto y la otra de satisfacción por un nuevo logro, una nueva medalla de la habilidad de convencer y una preocupación menos para el fin de curso.

Exactamente dos días antes de la famosa entrega, Pedro se reunió en casa de Juliana con su grupo de estudio. Estuvieron ahí hasta casi las 10 de la noche. Cerca de las 11, Miguel se apareció en la puerta. Sabía que los padres de Juliana saldrían el fin de semana, ella sorprendida pero feliz lo hizo pasar y antes de llegar a su recamara cayeron en el suelo, donde Miguel se desabrochó el pantalón mientras ayudaba con la mano izquierda a desvestir a Juliana. Poco después de una hora, se despidió de ella. Y antes de salir, ella alcanzó a decir, con las mejillas todavía rojas, que estaba a punto de terminar el guión, y que se lo llevaría a la clase el día de la entrega. Él sonrió satisfecho.

Al cerrar la puerta, con una inmensa sonrisa Juliana se puso a recoger los libros y los cuadernos de la mesa donde había estudiado con los otros. De pronto un celular sonó y no era el suyo. Era el de Pedro. Al levantarlo vio que había un mensaje. “Un palito por un 10, no soy chingón?... Miguel”

La rabia es peor que el insomnio. Pero combinados son el infierno. Al día siguiente no tenía ganas de abrir los ojos. Pedro la llamó temprano preguntándole por su celular. Puedes venir en la tarde si quieres, aquí voy a estar... te escucho rara, ¿que tienes? ¿Lo mismo otra vez?... algo hay de eso.

Esa tarde Pedro fue a recoger el teléfono. Al ver a Juliana se sorprendió de su mal aspecto, ¿estas bien?... sí, no te preocupes... ¿quieres hablar? En realidad prefiero estar sola. Ok. Oye, ¿te puedo pedir un favor?, ¿puedes entregar mi ensayo mañana? No tengo ganas de ir. Y al ver que debajo de la hoja venía otro que había terminado el día anterior, Pedro preguntó por él. Ya sabes... ¿lo entregas también? Pedro murmuró algo para sí mientras movía la cabeza de forma reprobatoria...

“y podría seguir recreando metaforas absurdas para representar el desagrado que puede provocar el sexo como instrumento, pero a final de cuentas el arriba firmante no escribió todo esto, sino su victima, que ha visto impotente perder el amor ante el peor de los engaños, al grado que es evidente que al pedir que le hicieran la tarea ni siquiera se tomó la molestia de leer lo que pidió...” Muy interesante guión, Señor, pero por la expresión de su cara puedo deducir que el autor no es usted, y que más bien ha sido presa de una exitosa venganza- sentenció el profesor.

Miguel, atónito y muerto de coraje se levantó y salió del salón. Juliana no había asistido a petición de Pedro ese día, pero cuando estaba a punto de contestar el teléfono, de pronto dejó de sonar. Con el celular en la mano, Pedro miró a su amigo a los ojos.
A ver, idiota, ¿Tu crees que fue ella?




José Casas-Alatriste.

Viaje

Las luces del pueblo vibraban con la música que se desprendía de las guitarras y las flautas, así como de algunos de los tambores al rededor del fuego. La incandescente noche se pintaba de tres colores: El amarillo rojizo del fuego central y sus antorchas, el blanco en todas las vestimentas y las estrellas, finalmente el negro característico de la noche en el desierto.
Minutos después de medianoche, se acercó un hombre de facciones toscas, moreno, de mirada profunda. En sus manos tenía una especie de charola. Dentro estaba el pellote. Con un gesto me lo ofreció y acepté. Tome la raíz lentamente y, tratando de quitarle la mayor tierra posible, le di una mordida, tragándomela casi instantáneamente para evitar el amargo sabor.

Las luces del pueblo se alejan mientras yo de mí. La luna es luz suficiente mientras el frío del desierto me abraza. La noche es perfecta y el silencio casi absoluto. Ya no logro ver más que la silueta de los cactus en el horizonte. Creo que he perdido la orientación.
Aparecen dos ojos. Me acerco y es una cara. Con un gesto amable se acerca este hombre. Debe tener cien años pero camina perfectamente. No quita sus dignos ojos de los míos. Saca un pedazo de madera de su morral y rápidamente prende una fogata. Siento el calor del fuego en mi cara mientras me siento donde el viejo me indica. Las sombras de sus arrugas, la mirada perdida en el fuego, la paz que este hombre inspira me hace dudar si tengo frente a mi a un ángel.
“No soy más que un viejo”, se adelanta a mis pensamientos. Escucho. “Cada estrella que vez es un sueño feliz”. Volteo a ver el cielo y sonrío mientras él continúa. “Cada sueño es una puerta abierta, pero todo está en la vida, lo que hoy empiezas.” Trato de descifrar ese juego de palabras mientras la luna se dibuja en el cabello blanco del profeta.
“El camino entre tú y yo puede ser eterno o instantáneo. Todo depende de tu capacidad para apreciar las puertas. Pero, sobretodo, de entrar en aquellos cuartos inesperados”. Su metáfora me recordó a la antigua leyenda del regreso a ítaca. Él es ítaca. Él es aquella Penélope deseada como fin. Pero después de desaparecer en la noche, entre las estrellas detrás de mis párpados, en el frío oscuro de esta mística soledad, sé que mi viaje será infinito.

Fin



José Antonio Casas-Alatriste Parlange.

Wednesday, February 23, 2005


Ijoles... Posted by Hello

Thursday, February 10, 2005


Un sueñito... Posted by Hello

Friday, February 04, 2005


El cabo, al norte Juan, al sur, antibes... Posted by Hello

Atardecer en Juan les pins Posted by Hello

Thursday, February 03, 2005

A.

A.

Muchos años he regresado a la hermosa playa de Juan-Les-Pins. Festejar el aniversario de mi ultimo viaje se ha convertido en mi mejor pretexto para volver a este lugar tan especial. Como buen normando siempre tuve mis recelos de venir a las calurosas playas del sur, que definitivamente son más hermosas pero carecen de la rigurosa tradición bretona, las terrazas se llenan de extranjeros que prefieren una hamburguesa a una deliciosa boullavaise local. Esa era mi idea general de este lugar hasta que vine por primera vez.

Me instalé en una pequeña habitación. Había llegado después de 1 hora en TGV, media hora de metro de la gare du Nord a la gare de Lyon, para finalmente abordar otro TGV con dirección a Niza. Sólo 15 minutos antes del destino final bajé, y en verdad el calor era sofocante. Mi primo esperaba ya en el andamio de Antibes, y caminamos tan sólo un par de cuadras para llegar a ese viejo edificio, frente a una pequeña plaza, rodeada de cafés. Mi habitación estaba en el segundo piso de un pequeño hotel-pensión, que operaban Charles y Stephane, una pareja gay que lo mantenía impecable. Esa tarde visité la pequeña playa que se encontraba a tan sólo 3 cuadras del hotel. Mi humor no era del todo bueno, pues estaba ahí un poco a regañadientes, mi tío me había pedido que por favor ayudara a Paul, su hijo, a atender el restauran de playa del que se había hecho socio el verano anterior, cuando conoció a M’amed, en el casino de Mónaco.
La verdad no me podía quejar. Acababa de terminar mi Baccalaureat y un verano en la costa azul no sonaba tan mal después de todo, pero mis prejuicios, el cansancio del tren y la risita burlona del tipo de la tienda, que escuchó mi acento como si fuera alguna especie de refugiado albanés al pedirle un paquete de cigarros, me llenaron la tarde de pesimismo.

Caminé entonces hasta la playa. Eran casi las 7 de la noche pero el sol era perfectamente visible y anunciaba una espectacular puesta. Primera buena noticia, no habían nubes, y varias rubias seguían recostadas top-less a tan sólo algunos metros de donde decidí sentarme, encender un cigarro y presenciar el espectáculo.

A los pocos minutos el sol se escondió y una vez más no pude vislumbrar el rayo verde que supuestamente surge vertical al mar, el instante en que el astro rey se esconde en el horizonte. Decidí recostarme y pronto me quedé dormido. Entre sueños, comencé a escuchar una buena canción, que me costaba reconocer, pero venía de una grabadora no muy lejana a donde yo estaba. No sé si fue la canción o un impulso inevitable lo que me hizo voltear pero al hacerlo me sentí envuelto por una mirada, que al parecer esperaba que volteara, y sin embargo no me veía. Era la mujer más hermosa que había visto. Tenía el pelo negro abajo de los hombros, un poco rizado por la brisa, su piel era morena y sus ojos negros, profundos. Me quedé observándola por unos minutos esperando que se percatara que estaba contestando a su mirada (¿porqué estaba tan seguro que ella me había pedido que volteara?) y de pronto, con una ligera sonrisa satisfecha, se levantó, tomó sus cosas y se fue hacia las escaleras que subían al malecón, para perderse entre la gente que por ahí caminaba.

La mañana siguiente llegué temprano al restauran. Antes del medio día la pequeña playa privada estaba llena, y el calor era insoportable, con el polo azul u las bermudas beige que utilizábamos los empleados. Mi tío sabía que hablaba bien inglés y un poco de español, por lo que me pidió que ayudara a mi primo, que a pesar de ser un par de años mayor que yo, podría considerársele inútil y flojo. Mi hora de salida era a las seis, y a pesar de tener en los camastros de enfrente a un grupo de estudiantes alemanas con un par de cervezas encima, coqueteos y risitas de por medio, tenía una gran desesperación por salir, y correr hacia la otra playa, aquella que estaba del otro lado del cabo, pero que atravesando ambos pueblos (Antibes y Juan-Les Pins) se encontraba a menos de veinte minutos a pie. A las seis en punto salí. Mi primo, que ya llevaba un par de cervezas con las alemanas me llamó para que los acompañara, pero le contesté que estaba un poco cansado, que aún no me habituaba al sol y que prefería tomarme una siesta para salir en la noche.
A pesar de estar a 20 minutos a pie, llegué en menos de 10 al hotel para tomarme una ducha y salir a la playa cercana a buscar a la mujer que llevaba en la cabeza desde la noche anterior.
Me volví a sentar en el mismo lugar, como un dejá vu provocado. Vi la puesta del sol y sin voltear me recosté. Esta vez sin poder dormir. Sólo atento a la música que pronto debía llegar. Y en la espera con todos mis sentidos concentrados en uno, escuchaba el mar, el viento, alguna gaviota que se acercaba a las rocas que delimitaban la primera playa del cabo. La gente que conversaba, los distintos idiomas, un niño llorando los gritos de su histérica madre y una música demasiado lejana, proveniente de un grupo de jóvenes americanos amantes del rap. Pero en todo este coctail de sonidos no estaba su canción. Y mientras dibujaba con los oídos la escenografía que me rodeaba, pensaba en todas las posibilidades: En el no vendrá, en el ni se percató de mi existencia, en el era una turista que ya dejó Francia. La imaginaba lejos, en otra playa, en otra ciudad, en otro país y definitivamente en otra fantasía. El esfuerzo de mantener los ojos cerrados poco a poco logró su cometido y dejé de distinguir la atmósfera dibujada por sonidos con un profundo sueño. Y el sueño llegó.
La canción comenzó a sonar, esta vez si la pude reconocer, un hit de hacía algunos veranos, y entonces mi sueño empezó a desaparecer, a pesar de tener los ojos cerrados sabía que estaba ahí, detrás, a menos de diez metros. Y la canción no dejaba dudas. ¿Cómo saber que no se trataba todo esto de una terrible coincidencia? ¿Cómo saber que se trataba de ella, que estaba ahí cumpliendo una cita no pactada? A pesar de que todo mi cuerpo empezó a subir de temperatura y los nervios invadieron hasta la punta de mis dedos, me mantuve recostado, con los ojos cerrados, disfrutando de la música, con una ligera sonrisa en la boca. No tenía estrategia, no tenía idea de que hacer, como reaccionar en medio de tanta emoción combinada con incertidumbre. Decidí no hacer nada, no voltear a su llamado. Claro. Si ella estaba ahí por mí haría algo, de alguna forma trataría de llamar mi atención, y probablemente su desconcierto nos pondría en igualdad de circunstancias. Y así me quedé hasta que terminó la canción. Pasaron un par de segundos en silencio y la misma canción comenzó. ¿Sería esto evidencia suficiente? ¿Es este el mensaje que esperaba?
Sin embargo un inesperado fade-out fuera de tiempo me desconcertó. No sabía lo que sucedía y menos que hacer al respecto. Abrí los ojos lentamente y cuando me di la vuelta para verla sólo alcancé a reconocer su imagen subiendo al malecón, aparentemente tranquila, pero con la música aún encendida.
Esa noche me quedé en el pequeño balcón de mi habitación repasando mil veces la escena. En ocasiones me sentía estúpido y cobarde por no haber volteado antes. Otras me sentía absurdamente ingenuo, pero su cara seguía metida en mi cabeza. Llegué a una sola conclusión. No existe coincidencia que se repita tres veces. Lo cual me daba un ligero aliento. Si ella estaba ahí mañana todo tendría sentido y entonces yo tenía todas las cartas en la mano. Si no, entonces no había juego, o en el peor de los casos, ya lo había perdido.
Mi segunda jornada laboral fue más larga y mortificante, y cada sonrisa después de “can I have another beer?” me impacientaba aún más.
En mi trayecto trabajo-ducha-playa mejoré el tiempo un par de minutos. Y de nuevo mi cita -hasta ese momento- autista con el sol y con una canción que debía llegar si toda esta fantasía tenía pies y cabeza. Y de nuevo la oscuridad de los párpados, la imagen de los sonidos y la brisa. Escuchaba todo con tal detalle que lo podría haber dibujado. El viejo retirado hablándole de mala manera a su vieja esposa, anda charlote, mierda, que se hace tarde y tengo hambre. Los niños jugando con una pelota, Zinedine Zidaaaaane... gooool, y Francia gana la copa del mundo!!!. La mama que le niega 5 francos a su hijo, suficientes helados por hoy, Didier, ya llevas 3 esta tarde. El grupo de extranjeros que platican con las niñas bien de Paris, que tal unas guerritas de caballo en la playa y los problemas de comunicación no se interponen a la hormona. Y yo esperando mi canción.
Definitivamente el tiempo toma otra velocidad cuando se escucha. No sé cuantos minutos habrán pasado, quizás fueron horas, soñando o dibujando mi alrededor, pero el ritual, la misma canción, al fin llegó. Esta vez me sentí tranquilo. Ya todo estaba bajo control, pero ¿sería prudente voltear y romper con la magia, o debo mantener esta extraña relación intacta? De nuevo evalúo cada posibilidad. Y de nuevo la música se aleja. Aunque esta vez estoy seguro que mañana regresará.
Veintitrés horas y medio después me siento en el mismo lugar. Pero esta vez observo todo. No me recuesto como los días anteriores, sino que me mantengo erguido viendo el increíble atardecer, y de pronto todo pasa tan rápido. El sol cae y las largas sombras poco a poco pierden su fuerza. No sé bien si ya esta retrazada o si aun es temprano, pero nunca he estado tan seguro. La música no llega, no llega la canción. Tiempo y espera. Emoción e impaciencia y las cosas que definitivamente coexisten.
Esta vez la canción no llega, aunque poco a poco empiezo a sentir la misma impaciencia por voltear que la primera vez. Todo en mi sabe que lo tengo que hacer, como la terrible sensación de estar sólo y sentirse acompañado. Las cosas suceden demasiado rápido. Al pasar junto a mí enciende la grabadora con la canción, y después me pasa de frente sin voltearme a ver, y se dirige a las rocas que se encuentran a la izquierda. Tranquilo, me levanto y camino detrás de ella. Esta vez es ella la que no voltea, pero mi presencia no puede ser más evidente. Empieza a subir por la vereda entre las dos rocas, caminamos uno detrás del otro al lado de las pequeñas cuevas formadas en las rocas calcarias. Y seguimos. Clavo mis ojos en su obscuro cabello, que le cubre medio dorso, después en el resto de su espalda descubierta, perfectamente simétrica. En sus brazos delgados que caen de dos hombros redondos hasta la altura de sus caderas perfectas, y en sus piernas, doradas por los últimos vestigios de luz. Cada vez que la canción termina, se repite, y la atmósfera se convierte en una especie de mantra. De pronto se detiene. Deja la grabadora en un pequeño peldaño y voltea. Siento que mis pantorrillas tiemblan ligeramente, mientras ella clava su mirada en mis ojos. Debe tener diecisiete años. Sus rasgos son árabes, con prologadas cejas que delinean un par de ojos perfectos, su nariz es recta y pequeña y enmarca una boca inmensa, llena de vida, donde poco a poco comienzo a leer una sonrisa. Como te llamas. Aisha. En ese momento todo tiene sentido. La canción, el nombre, la atmósfera, la espera. Aisha. Sí, como la canción. No sé cuál es más hermosa, si tú o la canción, pero definitivamente juntas hacen sentido. Ella sonríe tímidamente. ¿Acaso es posible este tipo de encuentros a finales del siglo veinte? Aisha, te vi el otro día, no sé si tu... Sí. Entonces tu también vini... Sí. Hay momentos en donde definitivamente es mejor dejar las palabras de lado, pues en ellas no se esconden las explicaciones.
Caminamos juntos hasta una piedra lo suficientemente lejana, y no sentamos a ver el reflejo de la luna llena en el mar. Hablamos de todo un poco. Aisha me contó la historia de cuando Khaled conoció a su madre –Aisha también-, en un popular bar marroquí, sin ser aun famoso. De como su madre lo ignoró (amaba perdidamente a su esposo, padre de Aisha) y de como seis meses después, exactamente, recibió por correo el sencillo que ya sonaba en toda Europa, con una melancólica dedicatoria.
El resto del verano lo compartí con ella. En verdad llegué a amarla al muy poco tiempo de estar con ella. Pero como las grandes vivencias de la vida, el verano acabó.
Llegue a nuestra playa poco después de las 6 y ahí estuve casi dos horas, esperando, viendo mi estado de animo cambiar de la euforia a la ira, y de la ira a la duda, de la duda a la tristeza y de la tristeza a la soledad. Llegué a la habitación que ya habíamos compartido un par de veces, y ahí estaba. Aisha, ecoute moi... Al escuchar la grabadora sabía que no volvería a verla.
Por eso todos los veranos la festejo. Ya son 8 los que he pasado desde aquel en este pueblo, veranos de ritual, donde mi única actividad relevante es sentarme cerca de esas rocas blancas, a ver el atardecer, cerrar los ojos y escuchar de una vieja grabadora mil veces Aisha.


(c) 2004 Jose A. Casas-Alatriste

Tuesday, February 01, 2005


Asi me veo despues de hacer un inventario físico... Posted by Hello