Wednesday, February 12, 2020

Canalización 26 de Enero de 2020

Es un jardín de flores, purpura, blancas. Un jardín perfecto de lirios, con un camino que lo atraviesa, dibujado de piedras meticulosamente colocadas. Un camino de color nácar, rodeado de lirios. La luz del sol está justo al centro de cenit, expansiva en su verticalidad. Al final del camino, sobre un monítculo de pasto verde se encuentra el sabio. 

Está sentado en un trono de madera antiguo, cuidadosamente limado, bruñido hasta el mínimo de sus detalles. El viejo y el trono deben tener más de 150 años. Sostiene la mirada suave, una mirada que me observa, que transmite todo lo que tengo que escuchar. Una mirada que habla. Me recuerda el punto fronterizo entre la vida y la muerte. Una linea manifiesta en el presente, viva este momento, todo el tiempo dentro de nosotros, en el morir de cada célula, en el desvanecimiento de nuestros recuerdos, cuando olvidamos, cuando damos espacio a un nuevo recuerdo, una nueva experiencia. 

Comprendo que la única forma de vivir es morir constantemente. No puedo recordar algo nuevo sin dejar que una memoria desaparezca. No puedo crecer si no mato un hábito nocivo de mi existencia. No puedo florecer, ser feliz y pleno si no dejo morir la razón, el recuerdo, la emoción que me ha mantenido en aflicción. Por tanto, la única manera de vivir es muriendo.

La muerte es el camino que se forma con cada piedra sobre el que la vida posa sus delicados pies, sin sentir frío ni calor, sin sentir que se cae ni tampoco que se eleva. El momento cuando desciende el talón sobre el territorio inerte y continúa el perímetro del empeine. Voy sintiendo la piel hacer contacto con ese cuerpo inmóvil. En ese descanso se manifiesta la vida, en movimiento, en la ligera fricción libre de calor y de frío. El paso es la vida.

El vacío es el único espacio en el que creo. El silencio es el único estado en el que escucho. La virtud no es la ausencia de malos pensamientos, no es la desaparición de la aflicción, ni desterrar el miedo, o disipar el odio. La virtud comienza con el reconocimiento de mi miedo, mi odio, mis limitaciones, y mis malos pensamientos. Es la llama, esa pequeña chispa que enciende cada elemento que habita mi ser. Sombras viven, y no dejarán de vivir en mi realidad humana. El fuego los transmuta, los transforma en acciones que me permiten seguir en movimiento, elevar la última superficie del dedo del pie que me une a la piedra. 

Es en esa separación cuando la virtud impulsa el pie hacia adelante, busca una nueva muerte, para reposar talón, empeine, dedos. Un nuevo momento de estabilidad, una estabilidad en movimiento. Cada uno de mis tejidos, de mis células, de los elementos que van construyendo al ser desde la punta de mis pies, hasta la ultimo cabello de mi cabeza, toman forma, sentido, propósito en su existencia, porque a través de reconocer que están muriendo, pueden vivir en absoluta presencia, en total plenitud, con sentido y en virtud. El andar se convierte en mi descanso. Caminar se convierte en mi propia historia.

El sabio desaparece, y con él desaparece el jardín.  Todo se convierte en un espacio oscuro. Un lugar que sin forma, ni sonido, ni temperatura, ni gravedad. Dentro del negro hay un negro más profundo, con la forma de un frijol, más oscuro que la oscuridad a su alrededor. Se expande, abarca la oscuridad con una nueva oscuridad.

Aparece un felino. Sus ojos, espejo de los míos, se llenan de esta oscuridad más oscura que la oscuridad misma. Mis pies, el olvido. olvidamos los pies que nos dan soporte, olvidamos la tierra que nos da soporte.


Si debo de morir hoy que mi muerte sea el espejo de la forma en que vivo.
Si debo morir hoy que sea la paz la que guíe mi camino al otro lado
Si debo morir hoy que todos los asuntos de la tierra, gracias a su impecabilidad, me permitan transitar sin pendiente, sin apegos.
Si debo morir hoy, que mi camino esté propulsado por todo el amor que acumulé en este bardo.
Si debo morir hoy que mi cuerpo sea admirado como un templo en desuso, de formas que reflejan las virtudes de quien habitó ahí.
Si debo morir hoy que cada segundo de vida entre ahora y ese momento sean instantes de total plenitud.
Y si debo vivir, que toda mi vida, mi espíritu, mi razón y mi conciencia, actúen como si fuera a morir.


Jose A. Casas-Alatriste

Tuesday, February 19, 2019

Cuento Revisado: A. (2.0)


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     A.     


Muchos años he regresado a veranear a la playa de Juan-Les-Pins y todo se remonta a la primera vez.

Tenía apenas dieciocho años y, gracias a que hablaba bien inglés, conseguí trabajo en un restaurante en la playa. Recién había terminado el liceo. Comenzaba el verano de 1997.

Llegué a la gare d’ Antibes y el calor era sofocante. Caminé un par de cuadras para llegar a un antiguo edificio, frente a una plaza rodeada de cafés. Mi habitación estaba en el segundo piso de un pequeño hotel-pensión.

Tras instalarme, compré un paquete de cigarrillos y caminé hasta la playa. Eran cerca de las 7 pero el sol seguía visible y anunciaba una espectacular puesta. No había nubes, y varias rubias seguían recostadas top-less a tan solo metros de donde decidí sentarme, encender un cigarro y presenciar el espectáculo.

Tras un rato el sol se escondió. Me recosté y pronto me quedé dormido. Entre sueños, comencé a escuchar una buena canción. Venía de una grabadora no muy lejana, como una dedicatoria. Un impulso inevitable me hizo voltear y al hacerlo me sentí envuelto por una mirada, que me esperaba, sin embargo no me veía. De todas las mujeres que había visto en la playa, o quizás en todo ese año, ella era la más hermosa. Los últimos vestigios de la tarde se reflejaban en una piel oscura, ocre. Volteó de un lado al otro y con la ligera brisa su pelo negro se expandió como una cortina de terciopelo. Me quedé absorto. La observé por unos minutos. Esperaba que contestara mi mirada (¿porqué estaba tan seguro que ella me había pedido que volteara?). De pronto, con una sonrisa que podía servir de espejo, se levantó y subió las escaleras hacia malecón, para perderse en la multitud.

La mañana siguiente empezó mi trabajo. Yo seguía nublado por la imagen de la noche anterior. Antes del medio día la pequeña playa privada estaba llena, y el calor quemaba por debajo del polo blanco. Cerca de la hora de salida, en los camastros de mi zona tenía a un grupo de estudiantes alemanas con un par de cervezas encima, coqueteos y risitas, pero yo tenía sólo un deseo: Salir y correr hacia la otra playa, que estaba en el lado opuesto del cabo, a veinte minutos a pie atravesando ambos pueblos (Antibes y Juan-Les Pins). A las seis en punto corrí.
Llegué en menos de 10 minutos al hotel. Me tomé una ducha, me afeité la barba rubia de dos días, y traté de aplacar los risos en mi cabeza. A través del espejo pude ver una seguridad extraña en mis propios ojos, como si en esos cristales esmeralda hubiera una certeza que hasta ese día no había experimentado. Me llené de ánimo mientras salía a la playa a buscar a la mujer que llevaba en la cabeza desde la noche anterior.

Me senté en el mismo sitio, con deliberada precisión. Vi la puesta del sol y sin voltear me recosté. Esta vez sin dormir. Sólo atento a la música que debería llegar. La espera con todos mis sentidos concentrados en uno: oía el quebrar rítmico del mar, el viento, alguna gaviota que se rozaba las rocas que delimitaban la playa; gente conversando, distintos idiomas; un niño llorando los gritos de su histérica madre; los bajos de una canción distante, que disfrutaba un grupo de jóvenes amantes del rap. En todo este coctel de sonidos no aparecía aún su canción. Mientras dibujaba con los oídos la escenografía que me rodeaba, pensaba en todas las posibilidades: No vendrá; Ni se percató de mi existencia; Era una turista que ya dejó Francia. La imaginé lejos, en otra playa, en otro país, definitivamente en otra fantasía. Los sueños existen con su propia temporalidad, nunca con prisa.

De pronto comenzó a sonar y la emoción a tomar forma. A pesar de tener los ojos cerrados sabía que estaba ahí, detrás, a menos de diez metros. La canción no dejaba dudas. ¿Cómo saber que no se trataba todo esto de una terrible coincidencia? ¿Cómo saber si era ella, cumpliendo una cita no pactada? Todo mi cuerpo empezó a subir de temperatura y con una invasión involuntaria de nervios, me mantuve recostado, los ojos cerrados, disfrutando la melodía, sonriendo. No tenía estrategia, no tenía un solo movimiento previsto, una frase preparada. Todo era una combinación bizarra entre felicidad e incertidumbre. Decidí quedarme quieto, no voltear. Si estaba ahí por mí, haría algo. Llamaría mi atención, y probablemente su desconcierto nos pondría en igualdad de circunstancias. La canción terminó. Pasaron un par de segundos y la misma canción comenzó.

Mientras me debatía qué hacer, la música comenzó a alejarse. Desconcertado, abrí los ojos y al voltear sólo alcancé a reconocer su liviana silueta subiendo al malecón, con la grabadora aún encendida.

Esa noche me quedé en el pequeño balcón de mi habitación repasando mil veces la escena. Me sentía estúpido y cobarde. Pareciera que su cara se había tatuado en mi consciencia, como una obsesión. Llegué a una conclusión. No existe coincidencia que se repita tres veces. Respiré un aliento de optimismo. Si ella estaba ahí mañana todo tendría sentido. Si no, entonces no había juego, o en el peor de los casos, ya lo había perdido.

Mi segunda jornada laboral fue más larga, y mi impaciencia mayor con cada “can I have another beer?”.

En mi trayecto trabajo-ducha-playa mejoré el tiempo un par de minutos. Y de nuevo mi cita -hasta ese momento- autista con el sol y con una canción que debía llegar si toda esta locura tenía pies y cabeza. De nuevo la oscuridad de los párpados, la imagen de los sonidos y la brisa. Sonidos formaban pinturas realistas. El viejo retirado hablándole de mala manera a su esposa, anda Charlotte, mierda, que se hace tarde y tengo hambre. Los niños jugando al futbol ¡¡¡Zinedine Zidaaaaane... gooool, y Francia gana la copa del mundo!!! La mama que le niega 5 francos a su hijo, suficientes helados por hoy, Didier, ya llevas 3 esta tarde. Un grupo de extranjeros que platican con las niñas bien de Paris, que tal unas guerritas de caballo en la playa. Yo esperaba mi canción.
El tiempo toma otra velocidad cuando se escucha, cuando se espera. Quizás fueron minutos u horas, soñando o dibujando mi alrededor, pero el ritual, la misma canción, al fin llegó. Me sentí tranquilo. Ya todo estaba en su lugar. Ahora, ¿sería prudente voltear y romper con la magia, o mantener esta extraña relación intacta? De nuevo evalué cada posibilidad. Y de nuevo la música se alejó. Aunque esta vez estaba seguro que mañana regresaría.

Veintitrés horas y medio después me senté en el mismo lugar. Esta vez observaba todo. Vi los tonos de rojo del atardecer, las escenas cotidianas de la playa de verano cuando el día está por terminar. Sentí la temperatura tibia de la arena después de un largo día abrasada al sol, y mis pensamientos se suspendieron en el horizonte indefinido del mar. El sol cayó y las largas sombras poco a poco perdieron su fuerza. No sabía si ya era tarde, pero nunca había estado tan seguro. La música no llegaba, no llegaba la canción. Tiempo y espera. Emoción e impaciencia y las cosas que definitivamente coexisten.

De pronto, mi cuerpo comenzó a sentir la misma impaciencia por voltear. Todo en mi sabía lo tenía que hacer, como la inquietante sensación de estar sólo y sentirse observado. Las cosas sucedieron rápido. Al pasar junto a mí encendió la grabadora con la canción, y se dirigió a las rocas en el límite de la playa. Me levanté y la seguí. Esta vez era ella la que no volteaba, pero mi presencia era evidente. Avanzó por una vereda entre las rocas. Caminamos uno detrás del otro, al lado de las pequeñas cuevas de roca calcaria. Aproveché el trayecto para deslizar mis ojos por el brillo en la oscuridad de su pelo; le cubría el cuello y parte de la espalda, descubierta, perfectamente simétrica. Contemplé sus brazos delgados que caían, hasta la altura de sus caderas, de dos hombros redondos de mujer reciente. Vislumbré sus piernas torneadas, suaves como la piel de delfín, azules, iluminadas por la fría luz de luna. La canción se repetía cada vez que terminaba, como un mantra. De pronto se detuvo. Dejó la grabadora en un peldaño y volteó a ver a su perseguidor. Sentí un temblor en las pantorrillas, mientras ella clavó sus esféricos ojos miel en los míos. No podría tener más de diecisiete años. Su cara se trazaba de hermosas líneas magrebíes; prologadas cejas oscuras, una nariz recta y pequeña; su boca inmensa empezaba a dibujar una sonrisa de cristales.

-       ¿Cómo te llamas? – Pude al fin hablar.
-       Aisha
En ese momento todo hizo sentido. La atmosfera, la canción, la espera.
-       ¿Como la canción? Ahora lo entiendo. Las dos son hermosas.
-       Gracias – Y bajó la mirada con algo de timidez. Su gesto, casi de una niña me desarmó. El pecho me explotaba.
-       Aisha, te vi por primera vez hace…
-       Lo se – Me interrumpió.
-       Así que también esperabas que yo estuviera…
-       Sí – Volvió a cortarme. Y en ese momento comprendí que era mejor no hablar más.
-       ¿Quieres caminar hacia la siguiente playa, o prefieres que busquemos un lugar en las rocas?
-       Prefiero un lugar en las rocas, quiero ver el mar desde aquí.

Nos adentramos fuera del camino para acercarnos al mar. Se escuchaba el ruido de las olas y la luna se trazaba en movimientos de la rugosa superficie del mar. Comenzamos a hablar. Y la conversación se fue hilvanando sin resistencia, si prisa ni tiempo. Como cuando conversan dos almas que se reconocen.

Aisha me contó la historia de su nombre, que en realidad era la historia de su madre. Y como de ella surgía la canción.

-       Khaled, el músico, tocaba en una taberna cerca de Rabat. Ahí trabajaba mi mamá. Él le escribió la canción. Se la regaló en su cumpleaños. Mi madre lo rechazó, pues unos meses antes conoció a mi papá. Unos años más tarde, mi mamá recibió un disco por correo. Él se lo envió con una dedicatoria y un boleto para un concierto que daría en Casablanca. Mi mamá no fue.
-       Tu madre debe ser hermosa
-       Sí lo es, sólo espero volver a verla algún día – respondió con la mirada alejada, sin emoción.
-       ¿Puedo preguntar dónde está? –  Me convertía en confidente, quizás antes de tiempo.
-       Prefiero no hablar de eso – Ahí supe que Aisha estaba rodeada de secretos, quizás omisiones justificadas. Comprendí que buscar indagar de más la alejaría. Ella pareció leer mis pensamientos. Sonrió y se recostó ligeramente en mi hombro. Supe que mis silencios le resultaban seguros, placenteros.
-       Se hace tarde, tengo que volver a Antibes.
-       Claro, vamos.

Caminamos de vuelta por la playa, el malecón y cerca de la plaza donde estaba mi hotel se detuvo.

-       Es mejor que a partir de aquí camine sola.
-       Está bien. Quiero verte mañana.
-       Sí. Nos vemos en el mismo lugar – De nuevo su sonrisa agradeció mi discreción. Se acercó, cerré los ojos y sentí sus labios sobre los míos. Un beso breve. Una eternidad.

El amor con los años toma formas rígidas. Se incrusta en conceptos solemnes llenos de compromiso, familia, complejidad. El amor se deforma en cotidianidad y especulaciones. En espacios compartidos y lugares comunes. Se olvida, con el tiempo y los resentimientos, los primeros pasos. Las primeras exaltaciones. Los primeros besos que te dejan una noche entera sin dormir. Hasta hoy recuerdo ese beso como un gran inicio. El punto de partida de tantos sentimientos. La firma de un destino, propio al que acompaña una pasión desbordada, lleno de dolor.

Aisha no faltó a su cita al día siguiente. Ni los siguientes 33 días siguientes. La noche 19 la convencí de visitar mi cuarto. Bajo la luz de dos velas y con el azul marino del cielo que se prepara para noche, pude reconocer su cuerpo entero. Sellar en mis manos la ternura de todas sus pieles. Sus texturas, su pelo, la inocencia de su pecho, sus piernas entrelazadas con las mías. Todos sus códigos, sus miradas, sus ojos cerrados en placer. Nos amamos sin muchas palabras. Su boca generosa y la firmeza de sus dientes. Su respiración cerca de mi nuca, el canto de sus gemidos felinos. Su ritmo ingenuo y al mismo tiempo perfecto. Hoy lo recuerdo y regreso a ese espacio sin tiempo.

Mis días se pasaban con una sonrisa imborrable. Eliminé cualquier otra actividad fuera del trabajo que no involucrara estar o preparar algo para Aisha. Caminamos las praderas cercanas a las villas. Nadamos en el mar del atardecer. Comimos helados mientras recorríamos el malecón. Nos recostamos debajo de los pinos en los puntos más álgidos del cabo. La olía, la tocaba como si fuera el incrédulo dentro de un sueño.

El día 32 la note más silenciosa. Habló poco y sus ojos parecían descontar una tristeza vecina. Estaba tan embobado que no lo percibí, y menos de lo que se avecinaba.

Esa noche en mi habitación, antes de que tuviera que volver a casa (¿a casa?) nos quedamos largo rato tirados en la cama, viendo el techo. Pensaba en el futuro. Quería quedarme con ella. Empecé a pensar en voz alta.

-       ¿Voy a poder visitarte en las vacaciones de toussaint?
-       Yo creo que sí, yo también quiero verte.
-       ¿Me vas a presentar a tu familia pronto? – Me atreví.
-       Por ahora no – remató con una sonrisa que sellaba límites.
-       Aisha, no me quiero separar de ti nunca más. No me veo siendo sin ti. je t'aimai, je t'aime et je t'aimerai, como la canción de Cabrel.

Llegó el día 33.

Llegué a nuestra playa poco después de las 6 y ahí estuve casi dos horas, esperando, viendo mi estado cambiar de la euforia a la ira, de la ira a la duda, de la duda a la tristeza y de la tristeza a la peor de las incomodidades, la soledad. Caminé los 800 metros de largo de la playa unas 40 veces. La veía en caras ajenas. La noche se cerró y me moví al malecón principal. Rodeé la plaza principal. El parque. Las bancas frente al whisky a go go. Regresé a la plaza de mi hotel y pregunté por ti en los cafés hasta que la ciudad se quedó sola de noche. La siguiente tarde caminé de cabo a cabo los 40 kilómetros. Pasé frente al Hotel du Cap donde nos prometimos en un futuro pasar nuestra luna de miel. Al día siguiente falté al trabajo para recorrer cada rincón que tuvimos en común, buscándote como un loco. Me percaté que no conservaba nada de ti. Ninguna referencia, ninguna coordenada. Ni una dirección, un teléfono. Y en la habitación, sobre el buró, tu grabadora. tu canción. Era todo lo que me quedabas.

Por eso todos los veranos te recuerdo. Quizás en el fondo de mi yace una mínima esperanza. Ya son 8 desde ese año; veranos de ritual, donde mi única actividad relevante es sentarme cerca de esas rocas blancas a ver el atardecer, cerrar los ojos, esperarte, y escuchar de tu vieja grabadora mil veces Aisha.

Jose A. Casas-Alatriste










De la serie de libros: "El Extranjero" Albert Camus

El Extraño (Toma 1)



Pienso en el significado de la palabra extranjero, más allá de quien habita una tierra diferente a la suya. Siento la definición pequeña para su significancia. Se puede ser ajeno a su propia tierra, lejano a su propio ser. Vivir alienado de su origen. Actuar hacia afuera en aparente normalidad mientras en el interior uno se siente de otro planeta.
Cuando vivimos como extraños nos encontramos con barreras constantes y tangibles. Las cosas no salen como esperamos. La vida deja siempre un sabor de insatisfacción y fantaseamos como niños en una justicia redentora, en el largo plazo, al final de nuestra vida. Nada más falso. La vida será injusta para quienes no la asumen como propia.
Entonces, con algo de suerte, un día volteamos hacia los pequeños actos de nuestra cronología. Vemos las acciones equivocadas y las omisiones imperdonables. Reconocemos, si llegamos a entendernos, la relación entre lo sembrado y los resultados; El origen de nuestros límites en creencias añejas.
Al observarlo, quizás, podamos cambiar. Por un instante, o por el resto de nuestros días, dejar de ser extraños en nuestro cosmos. Lograr conectar, sentir y comprender nuestra co participación en cada cosa manifestada. Asumir la responsabilidad nos brinda el poder de recrear. Ya no para atrás sino para adelante. El futuro se convierte en la cancha de la libertad. Sin embargo, la libertad conlleva sus cargas. El Porvenir pesa cuando se asume en su totalidad como consecuencia de lo propio. Asusta dejar de ser árabe. La valentía de renunciar a la separación, de serme lejano, me permite aspirar a vivir en mi.





El Extranjero (Toma 2)



El inicio de cualquier relato puede ser siempre insignificante, salvo cuando empieza por el final, y entonces puede perder su propósito. Así como el inicio puede ser ajeno al final, así se puede ser ajeno a la tierra donde habita. Así, sin ninguna referencia de nacionalidad, cultura o identidad, uno puede padecer la tragedia de no pertenecer. Ni en el relato, ni en el espacio, ni en el mundo, o el cosmos interno. El extranjero es aquel viviendo en la separación, en la lejanía de las emociones. Es vivir escondido en la desconexión, creer en lo inofensivo de la realidad, si la mantengo lejos.
El extranjero habita y vive desde su razón. No siente pues no necesita sentir, o al menos eso pienso.
Hoy he entendido la importancia de los círculos y las relaciones de causalidad y conexión. La verdad última: No soy nada. Soy una parte. Soy todo. La eterna paradoja. El límite y el NO me resuenan como consecuencia directa de la ausencia de siembra, y del lugar en donde me anclé hace tiempo.
Hoy he comprendido lo vacío de ser extranjero. De vivir en la tierra ajena de la angustia y el fracaso. De batallar con el lenguaje extraño de la preocupación y la desesperanza. Ser un ajeno en su propia vida. Sentirlo y entonces, dejar de serlo. Reconocerlo y entonces, dejar de padecerlo.
Al final todos estaremos en algún momento frente a la hoguera viendo como los demás disfrutan de echar leña por una desgracia efímera, pasajera para todos menos para quien sobrevive a las quemaduras de quinto grado.
Ser extranjero para regresar a ser nativo. Un trayecto equívoco en mi territorialidad para volver a un principio de unidad. Al menos intentarlo como fin último. Al fin intentar para ser grande.

Jose A. Casas-Alatriste

De la serie de libros: "La Nausea" de Jean Paul Sartre

La Anti Nausea




Respira. Respira. Trata de mantener la espalda erguida. Trata de recordar tu intención. ¿Tu intención? Sí. Respira. ¿Cuántas veces has sentido dolor en tu vida? Es momento de recordar. Vamos. Los desamores. Está bien. Puede ser que dolieron en su momento, pero no alcanzo a observar heridas profundas. Tus papás. Sus divorcios. Las múltiples separaciones. Ahí hay más profundidad. Pero sigue siendo banal. Has sufrido poco. Lo sabes. Fuiste bebé y lloraste. ¿Lo recuerdas ahora? El dolor profundo del hambre. La incertidumbre de una noche fría. Vivir en tus sensaciones y sentir el miedo como un todo, al menos unos minutos. Mientras sientes la anestesia, sientes que te vas y sólo alcanzas a ver algo de luz.

¿Eres muy bueno para aguantar el dolor, para cerrarte? Señor armadura. Lo felicito y hablo con ironía. Recuerda, soy tu madre, y a mí no me puedes esconder nada. No soy tu mamá, esa es otra. ¿Te gustaría visitar el sufrimiento extremo? Así. Sin más. En este momento. Siéntelo. Sólo siéntelo sin razón ni contexto. Siéntelo como lo sentiría una madre al ver morir a su hijo. Como si perdieras lo más valioso. Como si te dieras cuenta del cercano final de tu vida y apenas descubres tu pasado fue moldeado en tus manos. ¿Lo ves? Esas lagrimas no son fortuitas. Hay un futuro. Y el dolor también sirve para sentirnos con vida.

Ahora explora el amor. ¡Qué viaje! Esos ojos. Todas esas mujeres. Esos momentos cruciales de explorar un primer beso. Las cartas de amor en apariencia sellaban pactos eternos. Amor en las diferentes formas malentendidas. ¿Lo sientes en tu corazón? Sí. También están ellos. Tus amigos, tus padres, tus padrastros, hermanos y hermanastros. ¿Te atreves a ser incapaz de valorar el regalo de vida? Dame unos segundos y así lo entenderás mejor.

¿Al fin lo comprendes? Creías en el amor como un concepto. Ya descubres su verdadera naturaleza. Siente la luz explotar desde la base de tu columna y subir para volar tu cabeza en mil pedazos. Ya no la necesitas. Observa el tamaño de tu alma. ¿Entiendes la dimensión de la luz? Sí. Es real. Más real no puede ser. Sí. Es un momento en el tiempo. Sí. Es un amor proveniente de fuera. Es el vientre. Es tu mamá. ¿Lo escuchas? No, pero lo sabes. Y ella lo sabe también. Vives dentro de ella, y ella apenas se entera. Ya conoces el amor. Ya conoces el verdadero poder. ¿Existir? Ya eres.


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Ahora es importante conectarlo con tu presente. ¿Dónde estás ahora? ¿Hacia dónde vas? Sí, el poder está ahí. Sí, esa capacidad no tiene limitaciones. ¿Cuál es su utilidad? Tú respóndelo. Correcto. De eso se trata tu existencia. No necesitas más propósitos. Sal. Sana. Sánate.

Jose A. Casas-Alatriste